El 17 de octubre de 1771, el Teatro Regio Ducale de Milán se iluminó para celebrar una boda real, y en su escenario apareció un compositor de Salzburgo de quince años. Esa noche se estrenó Ascanio in Alba, de Wolfgang Amadeus Mozart, escrita para el matrimonio del archiduque Fernando Carlos, hijo de la emperatriz María Teresa, con María Beatriz de Este.
El encargo era un honor cargado de significado. Para las celebraciones, la emperatriz había encargado dos obras musicales: una ópera del anciano Johann Adolf Hasse, entonces el compositor de ópera más célebre de Europa, y una serenata del adolescente Mozart. Su padre Leopold escribió con orgullo: «El más viejo de los maestros compondrá la ópera y el más joven, la serenata». El muchacho había llegado a Milán semanas antes, compuso a una velocidad vertiginosa y, según las cartas de la familia, cautivó por completo a la corte con su pieza pastoral sobre la diosa Venus guiando a su nieto Ascanio.
Ascanio in Alba no fue una obra ingenua. El libreto era de Giuseppe Parini, uno de los mejores poetas de Italia, y la partitura de Mozart —con coros, danzas y arias radiantes— demostró que aquel adolescente ya dominaba el teatro. Milán había acogido el triunfo de su primera ópera, Mitridate, el año anterior, y volvió a recibirlo con entusiasmo.
Aquella tarde de otoño capturó un momento extraordinario: el niño que había pasado su infancia actuando ante las cabezas coronadas de Europa ya no era solo una curiosidad. Era, sencillamente, el mejor compositor de la sala.